La señora de la micro se pone a gitar, grita y grita más fuerte que puta pariendo. Es un ruido infernal, no más que el mio cuando duermo, rechino los dientes y hablo dormida.
La señora grita, grita y nadie, nadie la escucha, oye. Es extraño e irrisorio (me gusta esa palabra) que nadie la escuche excepto yo, porque yo no escucho a nadie, excepto a ella. Ni siquiera yo me escucho. La verdad es que nadie escucha a nadie, pero nadie escucha a alguien y alguien escucha a todos. Nadie tiene idea de donde está parado, que suerte tiene nadie, yo no tengo idea de donde estoy, ni que es lo que quiero, ni nada, no escucho, no oigo, no veo, no leo, no observo, no juego, no me subo, no me bajo, no me doy la vuelta. Tengo una boca muy chica para lamer, es un tanto incómodo, se me desencaja la mandibula y hace un sonido más bien raro. Nadie puede hacerlo, alguien no puede y a mi qué. Mientras tenga mis gemidos de casette, mi sexo radiofónico y mi mandibula sonora, el resto me importa una vagina infértil.
lunes, 14 de julio de 2008
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